Veena Sahjwalla, una profesora universitaria, ha ideado una iniciativa que podría resolver el grave problema de los residuos electrónicos: una mina urbana capaz de extraer metales como el oro, plata, cobre y aluminio a partir de los ‘smartphones’ y ordenadores desechados a diario para darles una segunda vida en nuevos bienes de consumo.

Los compromisos internacionales para frenar a tiempo la crisis ambiental buscan alcanzar sociedades más sostenibles, más circulares y más digitales. Sin embargo, todo a la vez no puede ser. Al menos, no mientras no sepamos qué hacer con la ingente cantidad de residuos tecnológicos que producimos: cada europeo, según las estimaciones, genera 15,6 kg de basura electrónica al año. Cada vez que renovamos el televisor por uno de más pulgadas y menor consumo, cada vez que cambiamos nuestro ordenador por uno más potente y versátil que nos permita teletrabajar y cada vez que sustituimos nuestro smartphone por una versión más avanzada que nos facilita gestionar a través de apps los residuos domésticos o la eficiencia energética de nuestro hogar, estamos creándole un serio problema al planeta.

Según los datos de la Asociación Mundial de Estadísticas de Residuos Electrónicos (GESP), en el año 2019 se produjeron 53,6 millones de toneladas de ciberdesperdicios. Solo en España, alrededor de 20 millones de teléfonos son desechados cada año, lo que equivale a 2.000 toneladas de basura electrónica. Únicamente un 17,4% de todo ese material está registrado como recogido y reciclado de manera adecuada. El resto se esfuma en un limbo fuera de los circuitos oficiales de reciclaje. 

Los residuos electrónicos pueden aportar hasta 350 gramos de oro por tonelada, 58 veces más que lo que se obtiene de una mina tradicional

De esta manera, países como Ghana, Nigeria, Malasia, Tailandia y Filipinas, entre otros, se convierten en el destino del 80% de los deshechos electrónicos de las economías avanzadas. Es más, se estima que el 75% de estos residuos acaba en vertederos como el ya tristemente célebre de Agbogbloshie, en Ghana, donde se acumulan en vastas extensiones de terreno a la espera de ser quemados. Una realidad que ya hace diez años documentó la alemana Cosima Dannoritzer en su documental Comprar, tirar, comprar… Obsolescencia programada, y que en la actualidad sigue haciendo tambalear la credibilidad del discurso circular europeo. 

La basura tecnológica supone un grave problema tanto medioambiental como para la salud de las personas ya que acumulación y descomposición de estos materiales desechados provoca gases y líquidos tóxicos que pasan a la atmósfera y al suelo y acaban en el agua y los alimentos. Además, la quema de residuos produce otras sustancias peligrosas que son inhaladas por la población que trabaja y vive en los alrededores de estos vertederos.

Los desechos electrónicos ponen de relieve la gran paradoja que vive el mundo de la emergencia climática: mientras Occidente se pone medallas y está encantada de haberse conocido por alumbrar ese feliz concepto de la ‘economía circular’, en el tercer mundo llevan décadas practicándola. Allí reparar y reutilizar no es una opción moderna, sino una necesidad y algo de sentido común. 

Minería tecnológica

Recientemente en Australia, Veena Sahajwalla, una profesora universitaria, ha puesto en marcha una iniciativa que podría devolver a los países desarrollados algo de esa cordura perdida. Su proyecto no solo podría estar dando la clave para aportar una solución mucho más sensata al problema de los residuos tecnológicos, sino que imprime a su gestión ese componente circular que tanto se echa de menos en los actuales sistemas. Una ‘mina urbana’ que permite extraer de manera selectiva materiales como oro, plata, cobre o aluminio a partir de desechos electrónicos y devolver estos materiales al circuito productivo para darles una segunda vida como parte integrante de nuevos bienes de consumo.

El proyecto se encuentra todavía en fase experimental, pero su artífice, la especialista en materiales trabaja para hacerlo escalable. Cree que la inversión necesaria para poner en marcha este tipo de instalaciones se amortizaría en dos o tres años, tiempo a partir del cual estas explotaciones mineras serían rentables y generarían puestos de trabajo: un 3×1 de beneficios ambientales, sociales y económicos.

La accesibilidad a materias primas reutilizables que traerían estas minas podrían ayudar a paliar el desabastecimiento de microchips

De hecho, la eficiencia de una mina de desechos tecnológicos podría ser incluso mayor que la de una mina tradicional. Un estudio conjunto de las universidades de Tsinghua de Beijing y Macquarie de Sidney llegó a la conclusión de que mientras que una mina de oro es capaz de obtener cinco o seis gramos del metal por tonelada de materia prima, esa cifra aumenta hasta los 350 gramos por tonelada cuando la fuente son productos electrónicos desechados. Además, esa mayor accesibilidad a materias primas reutilizables en la propia industria tecnológica que traerían estas minas podría ayudar a paliar los actuales problemas de desabastecimiento de microchips y abaratar los precios de la tecnología, de manera que esta fuera más accesible para toda la población.

En Europa la minería urbana es, por el momento, solo una posibilidad, pero gana enteros como opción factible a corto y medio plazo. Con los apoyos institucionales adecuados, podría ayudar a la Unión Europea a taponar una de las principales vías de agua que aún tiene su liderazgo en materia de sostenibilidad. ¿Convertir nuestra chatarra electrónica en materia prima reciclada y reutilizable en nuevos productos? Se mire por donde se mire, encaja. Porque eso sí que nos haría más sostenibles, digitales y circulares.

Fuente: ethic

Autor: Ramón Oliver

Fecha: 03-Ene-22